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Traducido por Carlos Marcano
El cuadrangular es un concepto bastante terrible, estéticamente hablando. La mayoría de los demás deportes entienden el concepto de la tensión dramática: el fútbol americano ofrece al ovoide surcando el campo, mientras la posición de los receptores y defensores se despliega a medida que la cámara hace una panorámica. El baloncesto ofrece el arco elegante del tiro de tres puntos, mientras los 10 jugadores se detienen indefensos a ver cómo desciende, justo igual que nosotros. El hockey… bueno, el hockey no es genial para esto, a menos que sea una escapada o que tengas años de entrenamiento. Pero si la tensión es la raíz de la expectación, entonces el cuadrangular es el susto repentino y barato.
El sábado, los ocho equipos supervivientes se combinaron para un total de 17 carreras. De ellas, 13 se anotaron por la vía del batazo de cuatro esquinas. Tras sacudirse algo de óxido al principio, el co-as de Cleveland, Parker Messick, había retirado a siete bateadores consecutivos antes de permitirle un sencillo como primer bateador del cuarto inning a Miguel Vargas. Munetaka Murakami se paró a batear, Messick soltó la bola y, menos de medio segundo después, el juego estaba, en retrospectiva, decidido.

Hay algunos cuadrangulares que sí ofrecen cierta dosis de drama de último minuto, mientras el jardinero escala la barda. Para aquellos en los asientos de pago, cada elevado comienza su vida como un cuadrangular antes de posarse en un guante expectante. Este no fue ninguno de esos dos casos. Chase DeLauter dio dos pasos sin prisa hacia la barda antes de detenerse con disgusto, con la bola cayendo a mitad de camino en las gradas. Es un infarto para un hombre de mediana edad, una tubería rota, un terremoto. En ese sentido, el cuadrangular es una forma adecuada de morir para una temporada de seis meses: sin advertencia previa, totalmente separada de una vida plena vivida, o de cualquier sentido. No hay preámbulo, no hay ironía, no hay posdata. Medio segundo, apenas tiempo para colocar una tarjeta de título con la palabra “Fin” impresa en ella.
No es que haya llegado en el verdadero final; los deportes no son tan amables. Messick y los Guardians pasaron seis innings esperando a que su propia arma devolviera el disparo, solo para que nunca ocurriera. Los Dodgers y los Braves intercambiaron golpes, como si estuvieran demasiado cansados para construir impulso, reuniendo apenas la fuerza suficiente para el abanicazo ocasional. En Nueva York, una obra de arte potencialmente generacional entre Drew Rasmussen y Gerrit Cole fue estropeada por un solo impacto en el tercer inning. Lo ridículo del momento queda disfrazado por la mecánica de lanzamiento más bien displicente de Cole, cuya aparente falta de esfuerzo se vio arruinada por demasiados jugadores de posición lanzando con igual desenvoltura. Pero su cambio de velocidad se desplaza hacia el borde exterior de la zona de strike, un pitcheo casi perfecto, y Jonathan Aranda probablemente lo habría dejado pasar de no haber tenido ya dos strikes para espolearlo. En cambio, lo fue a buscar y sacó la bola con fuerza hacia el jardín derecho-central para la única carrera que los Rays necesitarían, o conseguirían.

Los Yankees, también, pasaron seis innings esperando un solo abanicazo, solo para que les dijeran que regresaran mañana. Cuando Austin Wells finalmente conectó una línea por la raya en el octavo inning para el primer (y único) hit de los Yankees, siguió corriendo. Y corriendo. Directo hacia el guante extendido de Junior Caminero, esperándolo en la antesala. Wells explicó más tarde su decisión de estirar su doble, declarando que “estaba tratando de provocar algo”. Cuesta justificar la lógica—incluso el manager Aaron Boone lo describió como “obviamente, no una buena decisión allí”, y el parador en corto de los Rays, Taylor Walls, añadió: “simplemente no podía creerlo en mi cabeza”. Pero en un día donde el cuadrangular no parecía avecinarse, cuando esa solitaria carrera se siente como si tuviera ceros invisibles detrás, la desesperación tiene sentido. Si un cuadrangular es como disparar un arma, lo que hizo Wells fue como mirar la recámara vacía y luego lanzarle la pistola al enemigo.
La velada terminó en Milwaukee, donde el caos del béisbol, por un momento, pareció reafirmarse, a medida que los bateadores de los puestos ocho y nueve de San Diego impulsaron carreras con rodados ante el mejor lanzador del planeta. Luego, la línea temporal sanó; Jacob Misiorowski se asentó para retirar a sus últimos siete bateadores, y el descansado bullpen de los Brewers hizo su trabajo. Le ofreció a la alineación suficiente tiempo, en innings y segundos, para ponerse al frente mediante dos batazos. Los Padres necesitaban apenas un swing propio, un momento de gracia. Y en Ty France, pareció, durante más de medio segundo, como si lo hubieran conseguido.
Estamos bendecidos por las maravillas de nuestra época con la capacidad de asignarle una serie de valores a este out al jardín izquierdo (F7) en particular. Tuvo un ángulo de salida de 49 grados y una velocidad de salida de 105.3 mph, y con esas cifras, podemos crear cualquier cantidad de multiversos en los cuales habitar. Uno donde el techo estuviera abierto, uno donde la bola rebotara hacia los asientos de todas formas, uno donde continuara sin obstáculos en zona de foul, o se quedara corta, uno donde las reglas de terreno del estadio no conviertan de manera extraña el tocar un techo en una bola que puede ser atrapada, de la misma forma en que no se puede fildear tras pegar en una barda. La invención de Statcast le ha permitido al aficionado reducir aún más la ironía dramática y eliminar la noción de que la bola caiga: debería ser cuadrangular desde el contacto, o no serlo. La idea de que se transforme, a mitad de su trayectoria, se siente incorrecta, de algún modo, como si la intervención divina misma se hubiera vuelto un poco desagradable.
Al ser un cuadrangular y no ser un cuadrangular al mismo tiempo, creó en el béisbol un momento extraño y emocionante de incertidumbre. Por un instante, antes de que la verdad y los expertos en las reglas pudieran entrar apresurados, mientras Ty France y Trevor Megill y el resto de nosotros solo mirábamos, indefensos, el béisbol pudo haber sido cualquier cosa. Fue casi una pena, en realidad, que la pelota de béisbol haya bajado.
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